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El 30 de julio de 1905 el crudo invierno patagónico aniquila a bovinos, caballos y guanacos

El invierno se había descargado con toda virulencia sobre el oeste santacruceño y el danés Andreas Madsen se estaba habituando a los rigores del clima de la tierra a la que había migrado. Recuerda que esa noche “un par de veces debimos salir a espantar los caballos, que se arrimaban al rancho para comerse la paja del techo, que era muy bajo” (Patagonia Vieja).

En esa época, los pioneros buscaban tener buenos vínculos con los tehuelches para contar con su ayuda para casos de emergencia. La propietaria del rancho, una nativa, les advirtió: “estoy segura que van a morir, en la Patagonia es mala señal el que los caballos se vengan a las casas”.

“Al día siguiente Augusto y yo los condujimos al sitio donde dejáramos los bueyes, único donde podían encontrar algo que comer. Sólo distaba un kilómetro, pero con la nieve hasta la barba nos tomaron un día entero la tarea y el regreso a pie siguiendo la ‘picada’ abierta por los caballos”.

El relato avanza varios días, hasta cuando “la nieve se hubo endurecido, tratamos de traer al rancho un caballo, pero sólo conseguimos sacarlo un par de metros fuera del circo que habían pisoteado, y nos costó mucho volverlo a él. Allí quedaron los animales, rodeados por un murallón como de piedra, hasta que todos murieron; tan solo pudimos salvar a uno de los dieciocho bueyes con que partiéramos”.

Pero no sólo el ganado claudicaba  en la búsqueda de supervivencia. “Ese mismo invierno vi perecer decenas de millares de guanacos dentro de un radio de pocos kilómetros. Todos acudían al río en busca de matas, pero al no encontrarlas se amontonaban y morían, y los vivos se trepaban sobre los muertos hasta formar grandes pirámides; algunas de estas asemejaban pilas de bolsas de trigo y debían contener más de dos mil animales cada una. Los sobrevivientes estaban tan mansos que caminábamos entre ellos como en un corral de ovejas y teníamos que apartarlos para avanzar”.

Los hombres se proponían llegar a la costa para poder aprovisionarse, cuando la intensa nevada los sorprendió. “Traían 18 caballos e hicieron esfuerzos sobrehumanos para llegar a la casa, pero luego de catorce días para una sola legua tuvieron que desistir, dejar los caballos y venirse a pie por sobre el hielo del río. Milagro fue que sobrevivieran; helaba muy fuerte y alcanzaron a tener más de 30° bajo cero” (op.cit.).

 

Autor : Bernardo Veksler – Diario del Fin del Mundo

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