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En marzo de 1521 los barcos de Magallanes fueron saqueados en la «Isla de los ladrones»

Fue un 6 de marzo de 1521, cuando el marino Fernando de Magallanes (portugués de nacimiento, español de corazón) arribó a Guam en el marco de la que, a la postre, fue la primera circunnavegación del mundo. La misma región ubicada en el Pacífico occidental que, más de tres siglos después, perdió nuestro maltrecho imperio a manos de los norteamericanos. En el siglo XVI, por el contrario, se desconocía la existencia de esta isla.

Magallanes, bajo el paraguas económico de la Corona española y del monarca Carlos I, partió de la Península allá por 1519 con el objetivo en la mente de conquistar las islas de las Especies (las Molucas). Una tarea nada desdeñable ya que -por entonces- su venta reportaba hasta un 2000% de beneficios al afortunado comerciante capaz de hacerse con ellas. Despechado por el rey luso, el marino inició el viaje junto a hombres tan ilustres como nuestro castizo Juan Sebastián Elcano (quien logró sobrevivir y regresar allá por 1522).

El descubrimiento de Guam se produjo tras meses de privaciones en el mar. Un sufrimiento que dejó patente el navegante italiano presente en la expedición Antonio Pigafetta en «Relación del primer viaje alrededor del mundo»: «Durante tres meses y veinte días no pudimos conseguir alimentos frescos. Comíamos bizcochos a puñadas, aunque no se puede decir que lo fuera, ya que era solo polvo mezclado con los gusanos que se habían comido lo mejor. Y lo que quedaba olía a orines de rata».

Tras este infierno, el 6 de marzo de 1521 la expedición avistó finalmente tierra: una isla llena de palmeras y bananeros. El paraíso se abrió ante sus ojos. De hecho, no pudieron contener su alegría cuando observaron que varias canoas de nativos se acercaban hasta ellos para comerciar. O eso creían ellos. Y es que, tras arrimarse a las naves hispanas y lusas, los «indios» robaron todo aquello que había sobre la cubierta de los bajeles. Incluso se llevaron una barcaza considerada como «propiedad real».

Les salió cara a sus nativos la afrenta ya que los marineros desembarcaron y, armas de fuego en ristre, lograron hacerse de nuevo con su chalupa. «De esta manera recobró el esquife, pero no juzgó oportuno detenerse en esta isla después de todos estos actos de hostilidad. Continuamos, pues, nuestra ruta en la misma dirección», afirmó el mismo Pigafetta en su obra.

El italiano no habló, posteriormente, demasiado bien de ellos: «Estos pueblos no conocían ley alguna, siguiendo sólo su propia voluntad; no hay entre ellos ni rey ni jefe; no adoran nada; andan desnudos; algunos llevan una barba larga y cabellos negros atados sobre la frente y que les descienden hasta la cintura».

Así se ganó Guam ser bautizada con el nombre de la «Isla de los ladrones». Con todo, en descargo de los nativos habría que decir que este malentendido se produjo por culpa de un fallo de comunicación. Y es que, al no entender lo que les decían los peninsulares, decidieron dejar todos los enseres que habían traído para comerciar en los buques de la expedición y llevarse lo primero que hallaron en compensación. 

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