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El 5 de abril de 1894 Presumen un asalto de 150 nativos armados a la misión
Fechado este día, un informe del comisario de San Sebastián dirigido al jefe de policía, Ramón Cortés, da cuenta de que parte de su personal “se ha dirigido a Río Grande donde se halla establecida la Misión Salesiana, a fin de dispersar una tribu que en número de 150, más o menos, merodea por aquellos parajes con intención de asaltar el establecimiento” (Enrique S. Inda. El exterminio de los onas).

El jefe policial, “temiendo un enfrentamiento de graves consecuencias” le añade al informe de su subordinado un comentario sobre las medidas adicionales que adoptó: “Como algunos indios se hallan armados de Winchester, esta Gobernación ha impartido instrucciones al funcionario aludido para que al adoptar medidas que garanticen la vida y la hacienda de los pobladores, lo haga con la mayor prudencia evitando en lo posible derrame de sangre que desgraciadamente sería inevitable en caso de choque. Al mismo tiempo se le recomienda activa y constante vigilancia”.
En esos días, las persecuciones a los selk´nam, tanto de los funcionarios policiales como de los comandos de los estancieros, recrudecían y los nativos ensayaban alguna mínima resistencia ante la masiva ocupación de sus tierras por parte de los forasteros.
El sospechado ataque nunca se produjo, pero, los días previos al informe, el salesiano José María Beauvoir se encontró con nativos que acudían a la misión en busca de refugio. En el Boletín Salesiano, Beauvoir relató el encuentro ocurrido el viernes santo: “vimos al otro lado del río a dos individuos (…) me hacían señas de querer cruzar. Mandé el bote y cuando hubo llegado… vimos que otros indios descendían del cerro en demanda del mismo favor. No fue posible (…) Al día siguiente, cuando la marea bajó hasta su último grado vimos descender de los cerros, en larga hilera, a infinidad de personas que cruzaron el río con el agua a la cintura… Les salí al encuentro… Eran hombres altos, muchos de ellos de casi dos metros, fornidos, de hermosas facciones y agradable presencia, solo desfigurados y afeados por las pinturas que llevaban del medio rostro arriba, por todo el pecho y los brazos… Algunos iban adornados con artísticos frontales…, para tener recogido el pelo: por lo regular lo dejan crecer alrededor de la cabeza, cortándolo al rape en la coronilla… Por todo vestido llevaban una especie de capa, abierta de arriba abajo”.

Bernardo Veksler – Diario del Fin del Mundo

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